Prólogo de 'Victoria', novela de Daisy Goodwin

"Yo nunca había escrito un guión, pero había convivido con la voz de Victoria durante tanto tiempo que parecía escribir ella misma. Al leer sus diarios, llenos de signos de exclamación y frases subrayadas, me di cuenta de que Victoria era mucho más que un rostro en un sello: fue una joven con todos los anhelos y deseos de la adolescencia, que, por accidente genealógico, se convirtió en la mujer más poderosa del mundo". Daisey Goodwin, creadora de 'Victoria'

PRÓLOGO DE 'VICTORIA', DE DAISY GOODWIN (GUIONISTA/CREADORA)

La reina Victoria entró en mi vida por primera vez teniendo yo diecinueve años, cuando estudiaba Historia en la universidad. Tenía que escribir un ensayo sobre la política en la década de 1840, y entre los libros de referencia estaban los diarios de la reina Victoria. Abrí reacia el primero de aquellos tomos rojos y dorados, pues para mí la Reina Emperatriz no era más que una vieja horrorosa con toca, cuyos rasgos severos nos miraban desde estatuas de mármol en los ayuntamientos de todo el país. Pero las frases de la página que tenía ante mi no se correspondían en absoluto con mi imagen mental de ella. El 11 de Noviembre de 1839, Victoria, que tenía 19 años, escribió en su diario “qué apuesto está el querido Alberto con sus calzones de cachemir (cashmere) blancos... y sin nada debajo”. No eran las palabras de una monarca con cara de amargada, sino la efusión de una chica enamorada, que acabó siendo reina. Al leer sus diarios, llenos de signos de exclamación y frases subrayadas, me di cuenta de que Victoria era mucho más que un rostro en un sello: fue una joven con todos los anhelos y deseos de la adolescencia, que, por accidente genealógico, se convirtió en la mujer más poderosa del mundo.

Unas décadas después, tras discutir por enésima vez con mi hija adolescente, pensé lo distinto que sería todo si al día siguiente se despertara y descubriera que era Reina, en una época en la que ser Reina significaba tener poder, no sólo influencia. Me pareció un tema digno de un drama, y mientras mi hija me gritaba que desearía no haber nacido, las primeras escenas empezaron a perfilarse solas [en mi mente].

Yo nunca había escrito un guión, pero había convivido con la voz de Victoria durante tanto tiempo que parecía escribir ella misma. Y trama no faltaba: ahora, al recordarla, pensamos en su reinado como un periodo de magnificencia anquilosada, pero cuando llegó al trono había muchas personas, tanto en su círculo como en el resto de la nación, que creían que aquella joven bajita de nombre peculiar (Victoria era un nombre inventado, fue la Beyoncé de su época) no podía ser la soberana de un país que se estaba convirtiendo en el más poderoso de la Tierra.

El guión fue encargado por Mammoth Screen, donde compartían mi visión de la reina adolescente que tuvo que madurar en público, y fue comprado inmediatamente por la ITV. Nuestro mayor desafío fue encontrar a Victoria. Mi única instrucción fue que fuera bajita; para mí la imagen de esa adolescente diminuta manteniéndose firme entre un bosque de hombres mayores y más altos era esencial, era la razón de ser de la serie. Afortunadamente, Jenna no sólo es una gran actriz, sino que sólo es dos o tres centímetros más alta que Victoria. Cuando vi a Jenna salir al plató el primer día, con las trenzas que solía llevar la monarca, y esa majestuosa inclinación de cabeza, supe que habíamos encontrado a nuestra Reina. El primer amor de Victoria fue el Primer Ministro Lord Melbourne, interpretado por Rufus Sewell, que encarna todo el encanto y el ingenio de aquel hombre apodado “el dulce William”. Pero la gran pasión de su vida fue su marido Alberto, descrito por un contemporáneo como “el príncipe más apuesto de toda la cristiandad”, e interpretado a la perfección por Tom Hughes. Con un elenco que incluye a Peter Bowles como duque de Wellington, Peter Firth como duque de Cumberland y Alex Jennings, que encarna al tío de Victoria por parte de madre, el rey Leopoldo de Bélgica, la riqueza y variedad de este fascinante periodo de la historia de Inglaterra cobra vida de la forma más vistosa.

La época en que se sitúa la serie fue una etapa muy turbulenta en Gran Bretaña. Una era de grandes innovaciones tecnológicas: acababan de inventarse las lámparas de gas, los sellos de correos y el ferrocarril. Pero también existían enormes diferencias entre ricos y pobres: El palacio de Buckingham estaba circundado por un lado por las mansiones de Belgravia, y por el otro, por el suburbio de Pímlico. Era una fase de gran agitación política y social, y surgieron los primeros movimientos obreros en pro de la justicia social, como el Cartismo. Se miraba con suspicacia, como ahora, a los extranjeros, principalmente a los alemanes, y la idea de que una Reina inglesa se casara con un noble alemán de un territorio sin importancia fue profundamente impopular. En aquella época la mujer casada era legalmente propiedad de su esposo, el divorcio era prácticamente desconocido, la prostitución abundante y los medios anticonceptivos inauditos. Y sin embargo, esa sociedad profundamente dividida fue gobernada por una joven diminuta criada en el palacio de Kensington por una madre sobreprotectora (Catherine Flemming) que no la dejaba ni bajar sola por las escaleras por si se caía, y el manipulador consejero de ésta, Sir John Conroy (Paul Rhys), que esperaba utilizar a Victoria para controlar la nación. No era un comienzo muy propicio, pero gracias a su enorme fuerza de voluntad, la joven triunfó. Mi Victoria tiene muchos fallos, pero sabe perfectamente quién es, y se niega obstinadamente a ser manipulada; y lo demuestra escogiendo su [propio] nombre, que la convierte en una heroína de nuestra era.

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