Isabel Valero

Edad: 30. Profesión: Auxiliar Administrativa. Relación con Rebeca: Mujer su primo Quico.

 

Isabel Valero

Isabel Valero

Datos biográficos: Isabel se crió como la pequeña de cinco hermanos, cuatro chicos y ella. Todo el mundo le decía que debía ser genial crecer como la princesita de la casa. Pero para nada. Isabel no fue nunca de princesas. En vez de eso, tuvo que aprender rápido a ocupar su espacio y si había que pelearse, ella lanzaba el primer puñetazo. Sabía que una vez cualquiera de sus hermanos le sujetara los brazos, ya no había nada que hacer. Así que aprendió a anticipar la pelea y a pegar con el canto del puño, directo a la nariz: les lloraban los ojos y ella podía salir corriendo. A los 9 años se hizo la líder de un grupo de la urbanización donde vivían, todos chicos menos ella. Era la que jugaba mejor al fútbol, por lo que su liderazgo surgió como algo natural: la jerarquía grupal se decidía en base a las habilidades con el balón. Poco importaba que fuera chica.


Durante sus tres años de liderazgo el grupo adquirió y perdió algunos miembros, hubo peleas a muerte con los de la urbanización de enfrente (Los Sauces, una urbanización cerrada cuyas familias tenían claramente mayor poder adquisitivo), construyeron una casa con cartones y maderas abandonadas a la que llamaron El Club, y conquistaron la colina de un descampado
donde iban a pastar ovejas. A Isabel le habría encantado si todo hubiera seguido así. Por desgracia la biología le jugó una mala pasada: con 12 años, durante un verano que pasó con su familia en Alhaurín el Grande, le vino la regla. En cuestión de meses se empezó a transformar, y para colmo de males todo el mundo no paraba de decirle que era guapísima. Cuando volvieron de las vacaciones, los chicos del Club se empezaron a comportar de manera extraña. En el pasado, cuando alguno de ellos le había insinuado a Isabel que le gustaría ser su novio, ella había atajado el problema con una rápida patada en la espinilla. Pero después de aquel verano, no había patada que valiera: la dinámica grupal dio un giro radical. Las propuestas de Isabel ya no se escuchaban o seguían porque eran las mejores, las más insensatas, peligrosas o divertidas si no para intentar impresionarla. Y lo peor fue cuando el líder de sus enemigos mortales de Los Sauces osó acercarse a ella ¡y decirle que le gustaba! Aunque ella se dio la vuelta, ofendida, y ni siquiera se dignó a contestarle, por alguna razón esto despertó los celos de SU grupo, que vivieron como una traición que Isabel de repente llamara la atención de otros chicos. Empezaron a burlarse de ella llamando al líder de Los Sauces “su novio”. Isabel intentaba defenderse como podía: puñetazo con el canto del puño a la nariz. Pero no tenía gracia pegar a alguien que se negaba a pegarte a ti “porque eres chica” (otra novedad después de aquel verano: ya no se podían pegar con ella), así que tuvo que dejar de recurrir a la violencia. Optó por irse a casa cuando ya no les aguantaba más. Y cada vez pasaba menos tiempo con ellos. Sin su liderazgo, el grupo se desintegró con rapidez. Los miembros fueron absorbidos en otros grupos de la urbanización, del pueblo o del colegio.


Un año más tarde Isabel entró en el instituto y ahí empezó la tarea de forjarse una nueva identidad, en la que el género de repente empezó a jugar un rol mucho más importante del que había jugado hasta ese momento en su vida. Por suerte, una mañana que llegó tarde a la primera clase y no le dejaron entrar, conoció a un grupo de repetidores y repetidoras que compartían una litrona en el parque de al lado del instituto, y sintió que había encontrado a su nueva cuadrilla. Aunque es verdad que sus nuevas amistades no le ayudaron mucho desde el punto de vista académico, sí que le ayudaron a sortear las dificultades de la adolescencia, dándole espacio y permisividad para explorar su expresión de la femineidad a través de los piercings, los tatuajes, y los colores de pelo extremos. También descubrió la sexualidad y se dio rápidamente cuenta de que la fidelidad no era lo suyo, como tampoco lo era jugar un rol pasivo. Si no quería sentirse objeto, debía ella tomar la iniciativa de los encuentros sexuales.
Isabel siempre supo que el camino de en medio nunca iba a ser el suyo, así que buscó en ambientes alternativos.


Desde el punto de vista pragmático, se graduó con un título de Grado Superior de FP de Auxiliar Administrativo, y empezó a trabajar desde bastante joven, ganando el dinero que le permitía independencia y seguir buscando lo que de verdad le gustaba. Fue un día, mientras se hacía su decimo-tercer tatuaje, que conoció a Maica, profesora de Burlesque Salvaje: un taller que exploraba la conexión entre el arte burlesque, las pin-ups y las diosas griegas. Le intrigó lo que la mujer le contaba y decidió hacerlo. En el taller encontró verbalizado aquello que ella ya había intuido durante muchos años: ser femenina significaba conectar con su fuerza sexual, interna, esencial. Algo que de alguna manera ella siempre había hecho. Así que le venía de forma natural. También por aquella época encontró nombre para lo que siempre le pasaba en las relaciones: ella era poliamorosa.


Hace un par de años entró a trabajar en el Grupo Montijo, primero como recepcionista y hace unos meses como secretaria del presidente del grupo, QUICO MONTIJO. Quico le llamó la atención por su irreverencia hacia el propio papel que él jugaba dentro de la empresa. En vez de ser el típico ejecutivo trajeado, se permitía ir vestido a su gusto (con un punto macarra), utilizar las expresiones que le apetecía y no se dedicaba a controlar cada detalle de cada cosa que hacían sus empleados, si no que marcaba la dirección general en la que debían ir las cosas y les dejaba elegir como llegar a buen puerto. A Isabel le atrajo Quico desde el principio y ella notó también como el presidente le miraba. Aunque eso no era nada nuevo. Muchos de estos ejecutivos para los que acababa trabajando se sentían a
menudo atraídos hacia ella, por encajarla en su mentes dentro del absurdo papel de “chica mala”. Si a lo largo de los años Isabel se había follado a alguno de ellos había sido más por curiosidad que por otra cosa, y también cuando en alguna ocasión necesitó quitarse de encima a algún supervisor o supervisora cabrones que le hacían la vida imposible. Es increíble lo que un par de trucos en la cama podían dar de sí a la hora de persuadir a alguien para hacer lo que necesitaba que hicieran. Pero con Quico había algo diferente. Con él sentía una conexión real. Le interesaba averiguar más sobre su vida, lo que pensaba, lo que hacía… Este hombre parecía estar viviendo en un molde de vida que no era el que él realmente habría deseado. Y eso le intrigó a Isabel. Hablaban poco, las veces que coincidían en el ascensor, y una vez junto a la barra libre en la fiesta de Navidad. Pero, después de las vacaciones, Quico se presentó habiendo averiguado todo sobre Kicked In The Nuts el grupo del que ella le habló en la fiesta ella le había hablado.


Cuando por fin acabó trabajando como su secretaria (varias bajas de maternidad simultáneas en la empresa le abrieron el camino), las cosas sucedieron con rapidez. Una tarde entró Isabel en su despacho sin que él se diera cuenta y vio a Quico con una mirada tan desasosegada, que se ofreció a hacerle una mamada para animarle un poco. El presidente, sorprendido y agradecido, aceptó la oferta, y aquel fue el comienzo de una bonita amistad. De eso hace unos meses, y ahora la relación con Quico parece estar poniéndose más seria. Se han ido algún fin de semana juntos y él está hablando de que necesita un cambio radical en su vida. Isabel le anima a que lo haga: toda la vida llevando la empresa familiar heredada de su padre tiene que ser bastante aburrido. Pero cuando Quico anuncia que le ha pedido el divorcio a su mujer, Isabel se queda realmente sorprendida. No está acostumbrada a que ninguno de sus amantes deje a su mujer por ella… Sobre todo porque ella siempre deja bien claro que no tiene ningún interés en la monogamia. Sin embargo, el hecho de que Quico ni siquiera se lo pida, hace que de repente Isabel se plantee si no se ha cerrado en banda toda su vida a la posibilidad de una relación exclusiva por cabezonería y decide intentarlo. Un sábado, Quico le dice que quiere presentarle a su prima Rebeca. Ella es casi como una hermana para él (su verdadera hermana, Sophie, vive en Francia y apenas se ven) y le ha contado la relación que tiene con Isabel. Ella no le ha juzgado.


Isabel conoce a Rebeca. Ya ha conocido a muchas mujeres como ella antes, pero ésta parece tener un cúmulo de represiones y formalidad que despierta sus deseos de azuzarla para que pruebe a salir de ese extraño caparazón que la terapeuta se ha construido. Atisba en ella una infelicidad muy profunda que, por alguna razón le produce ternura. Decide intentar ayudarla

 

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