Beau Willimon, el creador del universo Underwood

Beau Willimon aprendió una característica clave para tener éxito tanto en la política como en el entretenimiento: no revelar demasiado. El creador, productor y guionista principal de House of Cards, habla libremente acerca de su serie, de lo que preocupa a un poderoso congresista estadounidense y de sus maniobras para salirse con la suya en medio de las intrigas de Washington.

P: ¿Te sorprendió el reconocimiento de los Emmy?

Beau Willimon: Siempre mantengo bajas mis expectativas. Creía y sé que todos en nuestro equipo creían que habíamos hecho un buen trabajo y nos daba curiosidad ver si la academia de televisión estaba de acuerdo; estuvimos encantados cuando fue así. Eso mejoró aún más la situación.

P: ¿Qué tanto influyó tu experiencia política en House of Cards?

Willimon: Mi trabajo en las campañas estaba muy abajo en la pirámide de poder… era parte de la avanzada. Pero varios amigos, entre ellos mi mejor amigo, Jay Carson —quien es el consultor político del programa— estaban en los niveles superiores y realmente sabían qué estaba pasando. (También) entablé muchas relaciones en D.C. y en el mundo político en general y exploto eso todo el tiempo. Cuando alguno de mis amigos no está seguro sobre algo, usualmente conoce a alguien que sí lo está.

Cuando el poder está involucrado es un juego duro y despiadado: las ambiciones de la gente, sus deseos, su espíritu competitivo a menudo los impulsará a romper las reglas. Es dramático, es interesante y creo que es algo con lo que todos podemos identificarnos hasta cierto punto.

P: Algunas de las estrategias que se ven en el programa parecen la norma y algunas podrían superar los límites de lo permitido.

Willimon: Bueno, superar los límites éticos de la mayoría de las personas, claro. Pero no supera los límites en términos reales. Esa es una versión extrema, pero en la historia de la humanidad han rodado muchas cabezas para que la gente ascienda al trono.

P: ¿En qué fuentes te has apoyado?

Willimon: Me inspiré en libros como la biografía de Lyndon B. Johnson de Robert Caro y Nobody Knows de Jeremy Larner; otras veces me he inspirado al hablar con las personas que trabajaban en ese mundo. Realmente no creo que sea un programa que trate de política. Se trata del poder. Ese poder se manifiesta en nuestra vida amorosa, en nuestro ambiente laboral, en la forma en la que nos comportamos cuando nos toca el azar.

P: Francis dice a menudo que prefiere el poder sobre el dinero. ¿Tienes alguna opinión al respecto, en vista de la influencia que tiene el dinero en D.C actualmente?

Willimon: Ciertamente se empalman muchas cosas, ¿no? Hasta cierto punto, el dinero es una forma de poder. Pero creo que la distinción que él hace es el objetivo final. Para algunas personas, el objetivo final es el dinero. Luego ves a personas como Francis que no niegan la importancia del dinero, pero no es la razón por la que se levanta por las mañanas. El dinero es finito, está limitado por una cantidad y por lo que puedes comprar con él. El poder no tiene límites si estás dispuesto a llegar lo suficientemente lejos para obtener lo más que puedas.

P: Quería que le ocurrieran cosas buenas a ciertos personajes. Pero no fue así. Puedo ser un cínico,  pero creo que quiero ser idealista. ¿El programa es cínico?

Willimon: No creo ser un cínico ni que el programa sea cínico. De hecho, Francis Underwood es un optimista. Creo que la gente confunde su optimismo con cinismo cuando demuestra sin reparos su egoísmo. Cree que las ideologías son una forma de debilidad, una forma de cobardía. Te restringe de formas que no te permiten ser flexible. La inflexibilidad es lo peor para el progreso.

El problema actual de Washington es que la gente está demasiado aferrada a su ideología. Cuando tienes dos partidos que no encuentran formas de comprometerse, que no buscan un término medio, te encuentras con la parálisis. Es la perversión del idealismo. Creo que Francis se liberó por completo de sus sistemas de creencias. Dice: “Aquí tengo personas que piensan esto y acá tengo personas que piensan aquello. Siempre encontraré la forma —ya sea a través de la persuasión, la seducción, la intimidación, el chantaje o cualquier táctica— para asegurarme de que todos avancen”.

Creo que eso atrae a las personas. Uno de los comentarios que recibimos con frecuencia es de personas que apoyan a Francis porque logra que las cosas se hagan. Su argumento es: “el fin justifica los medios”.

P: ¿Han recibido muchas reacciones de los habitantes de Washington?

Willimon: Claro. Muchas de las personas de Washington han visto el programa y piensan que es una de las representaciones más auténticas que hayan visto. Definitivamente rompemos los límites de las probabilidades, pero todo lo que ocurre en el programa es más o menos factible. Además, no tememos hablar de la maquinaria y los detalles de lo que se necesita para lograr que las cosas se hagan. A veces es feo.

P: Ciertamente las negociaciones me parecen feas. Cuando veo el programa y Francis habla sobre “lucir débil”, yo sería la persona a la que se refiere.

Willimon: Francis es un ejemplo extremo porque dice no tener ideales en el sentido tradicional. Creo que considera que un sistema de creencias intransigente es una forma de cobardía porque te dicta un comportamiento. No tienes que tomar decisiones difíciles, no tienes que pensar en soluciones, no tienes que comprometerte, no tienes que pensar en algo innovador. Es como una forma permitida de impotencia que tiene apariencia de fuerza, pero no es así si escarbas un poco.

P: ¿Crees que los medios noticiosos influyen mucho en dar una apariencia de fuerza a esa impotencia porque disfrutan del conflicto?

Willimon: Esa es una pregunta interesante. No creo que los medios tengan realmente el poder de determinar el curso de la historia. Lo que los medios hacen es responder a circunstancias que ya circulan en el sistema nacional. El conflicto siempre será una buena historia y las historias que atraen el interés de la gente siempre trascenderán a los encabezados. Pero creo que el que los medios hagan lo que han hecho siempre desde que se imprimió el primer panfleto es solo una de sus funciones: encontrar un público y mantenerlos interesados.

P: ¿El que se pueda ver toda la serie de una sola vez afecta la forma en la que lo escribes o lo produces?

Willimon: Sí y no. Cuando empecé la primera temporada, no habíamos tomado la decisión de publicar los 13 episodios de una sola vez. Así que la escribí pensando en que tenía que funcionar de ambas formas. Lo que afectó a su desarrollo fue saber que teníamos dos temporadas garantizadas antes de empezar siquiera. Sabía que teníamos 26 horas y pude introducir algunas cosas al principio de la primera temporada que no se repetirían al final de la segunda. Es como saber que tienes un lienzo muy grande para pintar.

P: ¿Hay algún personaje político o artístico al que consideres un ejemplo a seguir?

Willimon: Hay muchos. En cuanto a personalidades políticas, con frecuencia nos inspiramos en Lyndon B. Johnson. No necesariamente diría que es un ejemplo para mí; hay algunos aspectos de la forma en la que manejó las cosas que me parecen admirables y otros que me parecen aborrecibles. (Pero) creo que se puede ganar mucho al profundizar en la historia de su vida. Es una historia estadounidense épica que resulta ser real.

En cuanto a ejemplos a seguir en el arte, uno sería el guionista William Goldman, amigo y mentor mío. Bill es extraordinario sin tomar en cuenta que ha tenido una carrera de medio siglo y que sigue imponiéndose retos. En esa misma tesitura contaría a Ken Burns. Es una persona que tiene una visión muy singular de la realidad a la que se aferra realmente. El mundo de los documentales es muy duro.  Me parece que el tener la capacidad de hacer documentales que no solo sean épicos, minuciosos y artísticos, sino que lleguen al público en general, es poco menos que un milagro.

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